ZL_ElisaLaRosaInesperada

El lugar era de techo demasiado alto para una piba planchando. Y la mejor luz parecía salir del mon- tón de ropa blanca que esperaba sobre la silla. Un espa- cio casi conventual, de paredes descascaradas y pisos gastados, donde Elisa perdía existencia. Sin embargo allí, linda, blanca como leche, rubia por parte de madre, realizaba sin rencor su tarea: era mejor planchar que compartir piojos con las guachitas, mejor planchar que correr tras una pelota despellejada en el patio del Ho- gar para niñas en estado de indefensión. Elisa pasaba la punta caliente por los dobladillos y se esmeraba en los ángulos, aun cuando las sábanas es- taban percudidas, y hasta rotas. Percudidas o rotas, no era su asunto… Planchar, sí. Y rociar. Porque además de la calidad que esa cuota de humedad le daba al resultado final de su tarea, a Elisa la hacía feliz el chirrido del agua. Crrsh… Humo y olor a Elisa Cisne cuello negro, cisne cuello blanco, que se van hiriendo, que se van besando. 15

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