ZL_ElisaLaRosaInesperada
limpio, aunque fuera de limpieza barata, que la distancia- ban del pozo ciego, de la villa embarrada, de la cumbia. En el rancho donde vivía con su abuela había una plancha que nunca usaban. Antes, cuando todavía Irene y Chejuán no se habían ido tras el rastro confuso de la fama, la plancha era un rito semanal. Los sábados a la tarde, su mamá, mascota de la cumbia santafecina, planchaba la camisa de Che- juán y sus polleritas tableadas con un cuidado que no le ponía a ninguna otra cosa en el mundo. Más tarde, los dos desaparecían hasta el día siguiente. La piel blanca y el pelo rubio de Irene provenían de una genética escasa en la villa, digna de ser tomada como fetiche. Las negritas me tocan a ver si se contagian , decía ella. Y Chejuán respondía riéndose de sí mismo, negrito de pe a pa, sin atenuantes, negrito desde sus tatarabuelos jujeños. Mirá que yo te toco, ¡y no hay caso! Cisne cuello negro, cisne cuello blanco, que se van hiriendo, que se van besando… Tantas veces, tantos sábados Elisa vio a sus padres, apenas catorce años mayores que ella, bailoteando en los rincones, pegados por las sonrisas. Esos dos pare- cían amarse solamente cuando había cumbia. —¿Qué mirás, nena? —a Irene la irritaba la mirada hostil de su hija. 16 E l i s a . La ro s a i n e s p e ra d a | L il i a n a Bo d o c
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