ZL_ElisaLaRosaInesperada

a pasar y las noticias de Irene y Chejuán se distancia- ron, Rufina entendió que había quedado a cargo de una nieta de trece años. A la señora de la casa donde trabajaba no le pasó inad- vertida su preocupación. —¿Y esos suspiros, Rufina? ¡No estarás enamorada! —le dijo, de camino al dormitorio. Pero no había dado dos pasos, cuando escuchó el sollo- zo. Rufina lloraba abrazada a una cacerola y con la panza apoyada contra la mesada de mármol. Al principio, la se- ñora se quedó inmóvil, incapaz de reconocer el protocolo adecuado para enfrentar el quebranto de una mucama. —Es por tu nieta, ¿no? —Disculpe —fue la confirmación. Pero no en vano Rufina llevaba varios años trabajan- do con ellos, sin faltar nunca, dejando en el cenicero las moneditas que encontraba. —Yo te voy a ayudar. La señora se atrevió a afirmarlo porque era prima hermana de la directora del Hogar. —Dejame a mí. ¡Ya le vamos a encontrar la vuelta! La mañana continuó su curso. La promesa también. Para que el trámite avanzara era indispensable que la chica no entrara a la secundaria. —Rufina, tu nieta pasó a séptimo, ¿no? —Sí, señora. A séptimo —contestó Rufina. La señora sacó cuentas. 18 E l i s a . La ro s a i n e s p e ra d a | L il i a n a Bo d o c

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