ZL_ElisaLaRosaInesperada

La jujeña corrió como pudo, con el alma en las ma- nos. Llegó agitada y alegre. —No puedo hablar mucho, vieja. Te demoraste. —Está bien, está bien… Del otro lado de la línea, sentada en la misma silla que Chejuán, en una cabina húmeda, Irene manoteó el teléfono. —Hola, suegra —y enseguida fue al punto—. ¿Cómo está la Eli? Cuando la cantante de Naranja Dulce escuchó que su hija estaba yendo al Hogar de desvalidas, le devolvió el tubo a Chejuán y moduló en silencio: Vieja de mierda . —¿La Irene se enojó? —preguntó Rufina, que intuyó con claridad la reacción de su nuera. —Vos olvidate —contestó Chejuán, sin convicción. En septiembre mandaron una tarjeta desde Salta. En diciembre, cerca de cumplirse el año de la partida, Rufi- na recibió algo de plata. Su hijo la había metido en una caja de zapatos, camuflada con algunas chucherías: ca- ramelos de azúcar de caña, un camisón para Rufina, un estuche con sombras y rubor para Elisa. Eso, más varios folletos en los que figuraba, en destacado, la actuación de Naranja Dulce. De tanto en tanto, el fijo de la carnicería. De tanto en tanto, esas noticias capaces de montarse en colectivos fantasmales, cruzar medio país, y llegar a un rancho san- tafecino merced al tránsito solidario de los marginales. 20 E l i s a . La ro s a i n e s p e ra d a | L il i a n a Bo d o c

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