ZL_ElisaLaRosaInesperada
Y un día, la carta que colmó el vaso. Querida vieja y elisa nosotros estamos bien Un tipo de pa- raguay quiere haser una prueba para irnos para alla y des- pues las llebamos a ustedes… No nos olvidamos del cumple de la Eli pero fueron puros problemas. Dos años, de los trece a los quince. En la residencia pública para niñas en estado de indefensión, Elisa no dio alegrías pero tampoco pro- blemas. La única excepción fue aquella vez, cuando cantaba frente al espejo de uno de los baños. Elisa sacudía el pelo, retrocedía unos pasos, avanza- ba con seguridad ensayando mohínes salvajes. El espe- jo la miraba impávido: espejito estatal, acostumbrado a los besos rosados y a los moretones. Pero no tanto al pop norteamericano. Las risas sofocadas se oyeron con absoluta nitidez. Primero, Elisa se calló en seco. Después canturreó para disimular, mientras se acercaba a la puerta. Abrió de golpe y las vio. Eran tres pupilas, con las piernas apre- tadas para no mearse de risa. Las dos mayores corrie- ron sin dejar de hacerle burla. La menor, de unos nueve años, cayó en manos de la Madonna improvisada. ElisaViltes la agarró de las mechas bien agarrada, y la arrastró por el pasillo, sin importarle ni esto que la niña llorara de miedo y de dolor. De quién te reís, ¡pulguienta! 21 Pa r te I | De S a n Fe a S a n ta S a l va d o r
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