ZL_ElisaLaRosaInesperada

Al principio, Miguel María Tolosa creció como era de esperar, como buen perro, haciendo mandados a todo el mundo, moviendo la cola para recibir azúcar. A mí mismo, que ya andaba mal de salud, se me hizo cos- tumbre pedirle que me regara la calle. Miguel lo hacía. Y si no era que yo lo paraba, se iba sin pedirme nada. —Vení, Miguelito. Comé un algo. Entonces se sentaba al lado mío. Yo en la silla de paja, él en el suelo. —¿Le pica la mano? —Dicen que es plata —me gustaba contestarle. —Pero siempre le pica. —El sarpullido… —Don Moreno, ¿me deja ver? —Mirá. Miguel María Tolosa se quedaba un rato con los ojos fijos en mi mano izquierda, la que siempre me dio más sufrimiento. De vez en vez, pedía permiso para pasar la lengua. Miguel hacía mandados. La ganancia la juntaba para una cosa: las chucherías de los carnavales. Sumadre, vecina de todos, contaba que esa era la úni- ca semana del año en que Miguel no se orinaba encima. ¿Dónde has visto que un diablo se mee? , dice que le decía. Él se lo tomaba a pecho. Y ella, contenta. Miguel debió tener unos quince años cuando llega- ron dos muchachones de la ciudad. 26 E l i s a . La ro s a i n e s p e ra d a | L il i a n a Bo d o c

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