ZL_ElisaLaRosaInesperada

En los atardeceres de verano, los altoparlantes que la Unión Vecinal colgaba en la calle principal de la villa amplificaban la música de los pobres. El locutor anunció “Si tú no estás aquí”, relamiendo el secreto que se ocultaba en la dedicatoria: Para Clemar, de una admiradora. Los vecinos ponen atención… Las canciones dedica- das, que algunas veces son homenajes para una quin- ceañera, para la viejita querida en su día, para el equipo que salió campeón, otras veces son amenazas, adver- tencias, la confesión de una infidelidad, la promesa de una paliza: entretelones clandestinos de la villa, que encuentra en la música un lenguaje encriptado. —Yegua —Elisa se refería a la mujer que le dedicaba un tema al gordo Clemar, padre de siete hijos. El espiral perdía la batalla. Rufina aplastó la colilla con el pie y se levantó porque en el televisor arrancaba la cortina musical de “Ricos y famosos”. Yo no sé cómo es la vida sin tu amor… —Entremos, Eli. Ya empieza la novela. —Entrá vos. El chirrido del agua cuando pasaba la plancha ca- liente, el recuerdo de su madre adolescente acicalando la ropa para el baile, los dobladillos, el tiempo estanca- do… Lo cierto es que, desde su llegada al Hogar, Elisa se había aferrado al planchado. Al principio, ayudó a 30 E l i s a . La ro s a i n e s p e ra d a | L il i a n a Bo d o c

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