ZL_ElisaLaRosaInesperada

doblar las sábanas. Un buen día le permitieron asentar los toallones. —¿Te animás con la ropa de las nenas? Porque era tanto el trabajo y tan escaso el personal que de a poquito, y no tanto, Elisa Viltes fue quedando a cargo. —Sos una artista —solía decirle la directora. Aquella mujer de baja estatura y cara redonda en- marcada por una melenita de puntas para arriba ale- gaba que Elisa Viltes no aceptaba participar en ninguna actividad; ni siquiera en gimnasia. Entonces, mejor que se entretuviera en algo útil. Si Elisa no quería ir a la secundaria, si a Rufina la tranquilizaba saber que su nieta estaba en el Hogar y su patrona se aseguraba la permanencia de una mu- cama incondicional, si la directora del Hogar tenía a quien llevarle las camisas de su marido y de sus hijos varones, si hasta Beatriz deseaba mantener su muñe- ca rubia y pobre, entonces podían encontrar un modo de acomodar las cosas. Pero solamente por un año. Mientras tanto, era posible que volvieran sus padres. En cuanto al pago: una propina salida de la caja chica. Era mejor eso que dejarla sola el día entero, porque Elisa repetía una amenaza que, con toda seguridad, estaba dispuesta a cumplir. —Te aviso, vieja… Si me mandás a la escuela, me voy a hacer echar. 31 Pa r te I | De S a n Fe a S a n ta S a l va d o r

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