ZL_ElisaLaRosaInesperada
Durante 1998, Elisa fue diariamente al Hogar en un rango incierto. Una exinterna que no puede olvidarnos , hu- biese sido una explicación aceptable. Era viernes cuando Elisa Viltes desenrollaba el cable arisco de la plancha. —Te traje una blusa muy delicada —dijo la directo- ra—. ¡No me la vayas a quemar! Para encarar el desafío de aquella prenda color sal- món con arabescos blancos, Elisa probó la temperatura de la plancha. Acomodó la blusa en la posición correcta y arrancó por los puños. —¡Ey! Era Beatriz. Volvía de leerle cuentos a la Pity que, otra vez, estaba enferma del pecho. Elisa alzó la cabe- za para sonreír. —¿Querés que haga mate frío? Elisa Viltes aceptó. Y mientras esperaba el regreso de la voluntaria fue enumerando los temas sobre los que quería hablar. —¿Recibiste noticias de tus padres? Ese asunto no estaba en su lista. —Chejuán llamó a mi abuela. Ayer. —¿Y qué dicen? —No sé… Que están bien. —¿Y de volver? Beatriz, que ya transitaba ese estado en el que suele 32 E l i s a . La ro s a i n e s p e ra d a | L il i a n a Bo d o c
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