ZL_ElisaLaRosaInesperada
caer el observador de un planchado meticuloso, siguió preguntando sobre asuntos domésticos. Pero Elisa no necesitaba hablar de Chejuán o de Irene. Los ratos que compartía con la voluntaria eran como una salita co- queta en medio del chaperío de zinc. Y ella quería evi- tar que entraran personas con bosta en las suelas. —Te traje el libro que me prestaste. Ya lo terminé. —Muy bien, entonces vamos a tildarlo. Beatriz tenía una lista de lecturas que Elisa debía tran- sitar: poesía antes que prosa, métrica antes que caos, rima antes que verso blanco, Nalé Roxlo antes que Pizarnik. —Me gustó —dijo Elisa. —¿Algún poema en especial? Era la pregunta habitual, un amoroso examen del que Elisa siempre salía airosa. — Mirar al otro lado del que todos señalan/ que es allí don- de crece la rosa inesperada. —Bien, Elisa. Muy bien. Beatriz elegía la poesía clásica para comenzar su catequesis porque la consideraba un reservorio de la Ética; un modo de sobreponerse al propio destino bus- cando en la armonía y en la belleza una nueva oportu- nidad. Mirar al otro lado del que todos señalan, que es allí donde crece la rosa inesperada . ¿No era eso lo que podía salvar a Elisa? ¿Dónde estaba, para ella, la única rosa posible? Porque no había jardines en la villa y de ha- berlos, ¿qué flores crecerían en macetas regadas con 33 Pa r te I | De S a n Fe a S a n ta S a l va d o r
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