ZL_ElisaLaRosaInesperada
distinguirse de su entorno, estuvo a punto de preguntar qué quería como regalo pero se contuvo, porque había sido advertida desde pequeña acerca de la diferencia entre generosidad y estupidez. Resultaba evidente que Elisa le había avisado para sacar alguna tajada, de ma- nera que la voluntaria se limitó a una oferta menor. —Podemos decirle a la cocinera que haga un bizco- chuelo, ¿te parece? —Ajá. El desencanto en el rostro de Elisa no hizo más que confirmarle a Beatriz que su percepción había sido acertada. Era indispensable recordar la existencia de un límite que ella, con su entrega excesiva, siempre es- taba dispuesta a cruzar. En los días siguientes, Elisa vio poco a la voluntaria. Beatriz estuvo muy ocupada y solo se detuvo una tar- de para decirle que había olvidado traerle el siguiente libro de la lista, poemas de Victoria Ocampo que, con seguridad, iban a gustarle. Era martes, y Elisa no esperaba ninguna cosa, no es- peraba el bizcochuelo que la cocinera ni siquiera había mencionado. Se iba del Hogar a la hora de los cascaru- dos, cuando Beatriz se le acercó sonriente. —¿Qué hacés mañana a la tarde? —Vengo para acá. —No venís porque estás invitada amerendar ami casa. 38 E l i s a . La ro s a i n e s p e ra d a | L il i a n a Bo d o c
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