ZL_ElisaLaRosaInesperada
Merendar . Palabra blanca, palabra de libro. —¿En tu casa? —Sí, en mi casa. ¿Te gusta? Cómo no iba a gustarle, si Elisa se había arrancado la piel original y se jabonaba, hasta sangrar, la roña cumbiera. —Bueno, entonces anotá la dirección. ¿Tenés un papel? Elisa buscó en su bolso y sacó un volante que le ha- bían dado en la calle y que ella, inusualmente, no había tirado dos pasos después. —¿Y esto? —preguntó Beatriz con una expresión de desagrado poco frecuente en su rostro. —Me lo dieron el otro día. La voluntaria dobló el volante para escribir en la par- te de atrás. —Ahora te digo qué colectivo tenés que tomarte. ¿Qué pensó? ¿Qué fue capaz de pensar Elisa, parada ante la puerta de la casona mientras esperaba que la atendieran? A partir de ese momento, y hasta la hora en que se marchó, Elisa no pudo desmontar del pegaso. Una sel- va en los tapizados, el cielo en los ventanales. Y sobre todo, el tamaño. En esa casa no había que ponerse de costado para pasar, ni apretarse el estómago contra el canto de la mesa para ocupar una silla. ¡Una silla igual a las otras sillas! 39 Pa r te I | De S a n Fe a S a n ta S a l va d o r
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