ZL_ElisaLaRosaInesperada
Sillas iguales colocadas ante una mesa tendida. —¿Te gustan las ensaimadas? —¿Las conocés? —preguntó, más realista, la madre de Beatriz. —No. —Es un dulce mallorquín… De nuevo, era necesario interrumpir la utopía lin- güística de su hija, que hablaba con la huerfanita como si fuera un par. —Son como bizcochos que hacen en un lugar que se llama Mallorca. Beatriz quiso llevar la conversación hacia el confort. —Elisa lee mucho —dijo. —¿No me digas? ¿Y adónde vivís? —Frente al parque. Frente al parque, cerca de la cancha de Unión, ahí nomás de la facultad; algunas de las perífrasis que Eli- sa usaba para evitar la villa, pura y cierta, donde crecía. Sobre la mesa, chocolate con leche, sanguchitos de miga y ensaimadas. La mesa, en el centro de una sala donde no hacía calor ni frío, no había humedad ni olo- res, ni pena ni escándalos. Al rato, la madre de Beatriz se levantó de la mesa sin decir nada y ya no apareció. —¿Vas a comer más? —preguntó Beatriz. —No, gracias. —Entonces vení, que te muestro mi habitación. 40 E l i s a . La ro s a i n e s p e ra d a | L il i a n a Bo d o c
Made with FlippingBook
RkJQdWJsaXNoZXIy MTkzODMz