ZL_ElisaLaRosaInesperada
El dormitorio de Beatriz era, como ella misma, una ostentación de austeridad. —Por ser tu cumple, te voy a mostrar cosas que na- die conoce. Mi pedacito de vida en rosa. La voluntaria abrió con cierto misterio una de las puertas del placar… Y ahí estaban, una sobre otra, una pila de cajas forradas en tela blanca. Si Elisa hubiese necesitado su corazón no habría po- dido encontrarlo. Caja sobre caja, todas blancas y con etiquetas a la vis- ta. Beatriz eligió dos, las bajó y las puso sobre la cama. —Vení, sentate. La voluntaria tomó la caja que decía Viajes y la destapó. —Este es el pasaje del último viaje a España. Esta es una servilleta de un café de Brujas —buscaba con delica- deza y mostraba—. Folletos de Portugal, jaboncitos de va- rios hoteles —y aclaró—: ¡El único robo que me permito! Elisa escuchaba desde lejos, porque Elisa estaba aden- tro de aquella caja, caminando por el desfiladero de una servilleta de papel, corriendo cuesta abajo por el mango de un cuchillo de avión, trepando la colina de un caramelo finlandés. Minúscula exploradora de unmundo inaudito. La segunda caja tenía cuadernos sin uso. —Me encantaban los cuadernos…Todavíame encantan. Beatriz permitió que Elisa los tuviera en sus manos. Algunos cuadernos parecían cuadernos. Pero otros eran mejor que la tapa de un libro, con flores y nieve. 41 Pa r te I | De S a n Fe a S a n ta S a l va d o r
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