ZL_ElisaLaRosaInesperada

En el colectivo que iba al barrio, Elisa viajó sentada, con el paquete de sanguchitos apoyado en las rodillas. Erguida, como siempre, pero aguantando las lágrimas. Cuando llegó al rancho, encontró a Rufina acostada. —¿Qué tenés? —Se me trabó la cintura. —Traje comida. —Ni hambre tengo. A la hora en que Elisa salió a la calle, la noche estaba llena de cascarudos. Acomodó la silla en la vereda irre- gular, buscando que se moviera lo menos posible, y se sentó a terminar su cumpleaños. Minuto a minuto se le iban los quince. Irene y Chejuán ni se habían acordado, andarían de cumbia. Rufina roncaba y, en su ronquido, era notorio que la vieja ya no tenía esperanzas. —¿Cómo andá, Eli? Elisa Te recuerdo así amando sin amar impasible, imposible de alcanzar… 45

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