ZL_ElisaLaRosaInesperada

Era Leandro. —Bien, ¿y vos? Tres palabras; una respuesta ligeramente amigable para venir de la hija de Naranja Dulce. —¿Y Rufina? —se animó Leandro. —Con dolor de espalda —Elisa no lo sabía, pero esta- ba triste—. ¡Justo en mi cumpleaños! —¡No vas a decir que es tu cumpleaños! —el asom- bro del pibe más tenía que ver con aquel exceso de charla que con el aniversario. —De quince. Leandro se acercó con cautela. Conocía, igual que to- dos en la villa, las repugnanteadas de la rubita. —Si querés, brindamos —y mostró la botella de ver- mú que llevaba bajo el brazo—. Lo único, que está me- dio caliente. Cuando Leandro se detuvo a hablar con Elisa iba ca- mino a su casa, donde lo esperaban con hielo, pan y un salamín. No iba a llegar y nadie se asombraría, porque así son las veredas de la villa. Es imposible ir al alma- cén con plena certeza de regresar. ¡Retobada geografía, entre las vías y el Salado, entre el Salado y cosas peores, que se rige por las leyes de la pasión! Leandro giró la tapa a rosca. Ofreció la botella. —¿Traigo vasos? —preguntó Elisa. —Por mí, no. 46 E l i s a . La ro s a i n e s p e ra d a | L il i a n a Bo d o c

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