ZL_ElisaLaRosaInesperada
ElisaViltes tomó a pico, como si fuera su madre. Lean- dro la miró echar hacia atrás la cabeza, y siguió la línea desde el mentón hasta el breve nacimiento de los senos. Leandro tomó con la camisa abierta. Tomó Elisa. Ofreció. Tomó Leandro. Tragos cortos, sin limpiar la saliva. Tomó Elisa, otra vez. Tomó Leandro el vermú del coraje: —¿Vamos a caminar? —Bueno. Fue el vermú caliente, fueron los quince que se iban sin cuaderno. Elisa entró la silla. Rufina había dejado de roncar; es- taría soñando. Al barrio le sentaba bien la luz nocturna, porque en- tonces no era una villa sino, solamente, su silueta. Y eso ahorraba detalles. Caminaron para el lado del río. De golpe, sin mediar ningún protocolo, se detuvieron. El primer beso fue puro vermú. Las manos de Leandro actuaron como pe- rros sin correa, de un lado a otro, ávidas pero incapaces de ritmo y persistencia. De ahí hasta el río fue lo mis- mo. ¡Inviten! , gritó alguien. Llegaron desconsolados de deseo. Elisa se calló. No dijo: Soy virgen . Lo pensó pero no lo dijo. Virgen era una preciosa palabra que no estaba dispuesta a desperdiciar. A Elisa, que estaba sentada sobre la tierra, las piedri- tas le picaban las nalgas. Al revés iba a ser más fácil. Con 47 Pa r te I | De S a n Fe a S a n ta S a l va d o r
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