ZL_ElisaLaRosaInesperada

los jeans atascados en las zapatillas, Leandro se enredó en la maniobra. Ambos hicieron lo mejor posible ayuda- dos por el olor del río, siempre carnal. Elisa confirmó que el dolor y el placer eran carne del mismo fruto. Leandro hizo lo que cualquier niño bueno; se dejó ir lloriqueando. De regreso, par a par pero sin tocarse, Elisa hizo una pregunta. —¿Te parezco una rosa inesperada? Por suerte, todo eso ocurrió antes de las doce de la no- che. De modo que los quince de Elisa tuvieron su foto. Al día siguiente ocurrieron, unas tras otras, cosas inusuales. Elisa decidió que no iría al Hogar. —Mirá que yo me voy a trabajar —dijo Rufina. —¿Y qué? —Te digo nomás… Apenas Rufina se fue, Elisa se puso a limpiar el ran- cho. Cerca del mediodía, palmearon. —¿Qué hacés acá? Leandro se había despertado pensando que tenía novia. —Nada. Vine a saludarte. —Si yo nunca estoy a esta hora. —Te vi por la ventana. —Estoy limpiando. Después nos vemos. Elisa limpiaba para no arrepentirse. No quería re- cordar lo que había pasado; pero cuando el hígado le 48 E l i s a . La ro s a i n e s p e ra d a | L il i a n a Bo d o c

RkJQdWJsaXNoZXIy MTkzODMz