ZL_ElisaLaRosaInesperada
devolvió, a la boca, el gusto de la noche anterior, se sen- tó a llorar. Por la tarde, justo cuando Rufina volvía del trabajo, el hijo menor del carnicero avisó que llamaban de Jujuy. —Dejá, vieja. Voy yo. En el lado jujeño de la línea, Ana María se alegró de que hubiese atendido su sobrina. —Feliz cumpleaños. —Fue ayer. —Ya sé. Pero no pude llamar. Después, la conversación tomó los carriles habituales. —¿Cómo andan las cosas? —Bien. —¿Y la vieja? —Ahí, con dolor de cintura. —¿Y vos? —Bien. Como en cada ocasión, Ana María tiró su pregunta preferida: —Y de tus padres, ¿se sabe algo? —Nada. Pero el día, que había arrancado raro, se coronó con una sugerencia de Ana María. —¿Por qué no te venís para acá, Eli? A probar. El silencio la obligó a seguir. —Me ayudás a mí y te buscás algunas changas. Ya sabés que yo tengo un lindo departamento y doy clase. 49 Pa r te I | De S a n Fe a S a n ta S a l va d o r
Made with FlippingBook
RkJQdWJsaXNoZXIy MTkzODMz