ZL_ElisaLaRosaInesperada

después de que le abriera a Elisa la puerta de su casa, de su dormitorio, de sus tesoros. Beatriz entendió la anécdota carnal como una derrota propia. El deseo de la voluntaria era marcharse sin decir ni una palabra, sin embargo la misericordia la obligó a suavizar el desapego que, irremediablemente, comen- zaba ese día. Hizo cuanto pudo, se esforzó en decirle a la pupila lo más evidente antes de buscar una excusa que poster- gara la charla. Por fin, cuando Elisa se fue, Beatriz apretó el bolso en el que guardaba un cuaderno con pájaros en la tapa. Era una suerte que no hubiera alcanzado a dárselo. 53 Pa r te I | De S a n Fe a S a n ta S a l va d o r

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