ZL_ElisaLaRosaInesperada

se trataba de una irregularidad que ponía en riesgo a la directora. Entre ser sirvienta de cualquiera y ayudar en el negocio familiar, la decisión saltaba a la vista. Estaba la vieja… Pero Rufina aceptaba el viento: ráfagas inape- lables, y no tan malas para quien ya tenía los ojos llenos de tierra. Los jóvenes se iban, como ella misma se había ido de Jujuy… Si un día les daba por volver, ¡que volvie- ran! Rufina estaría ahí mismo. O estaría muerta. Para Beatriz, que había pasado ese tiempo intentando sostener en la mano algo que le causaba repugnancia, la noticia fue un merecido alivio. Tanto que volvió a tratar a Elisa casi como al comienzo, cuando todavía era una ove- ja blanca, y la ayudó a decidir la fecha del viaje. Entre las dos acordaron que le convenía terminar el año en el Ho- gar, pasar las Fiestas, y viajar los primeros días de enero. —Total, a vos no te van a asustar ni el calor ni los mosquitos. La ropa estaba lista. Toda, incluso las camisas que había mandado la directora. Era viernes. Elisa tenía pasaje a San Salvador de Ju- juy para el sábado a la noche. “Ni se te ocurra irte sin saludarme”, le había dicho Beatriz innecesariamente, porque Elisa jamás se habría ido sin despedirse de su pastora. Las dos mujeres caminaron por la galería del Hogar y acabaron por sentarse en aquel mismo banco. 59 Pa r te I | De S a n Fe a S a n ta S a l va d o r

RkJQdWJsaXNoZXIy MTkzODMz