ZL_ElisaLaRosaInesperada
—Parece que llegó el momento. ¿Estás asustada? Elisa sonrió con vergüenza. —Pensalo de este modo… Si no te sentís bien, nada te va a impedir volver. ¡Nada te va a impedir volver! Palabras que, muy pronto, resultarían macabras. —Además —continuó la voluntaria—, vamos a hablar por teléfono. —Sí. —¿Llevás los números anotados? —El de la carnicería y el del Hogar. —Muy bien. Se nublaba y no. Algunas pupilas jugaban en el patio. La indecisión del cielo cambiaba, a cada momento, la luz de la tarde. Beatriz tenía algo para Elisa; dos cosas, en verdad, que quería darle. Primero un sobre blanco. —No es mucho —dijo—. Pero te va a servir para los primeros días —No, no… Rufina me dio algo. —Tomá. Y si no te hace falta gastarlos, ¡mejor! El segundo obsequio era más grande, se negaba a sa- lir de la cartera en la que había entrado con dificultad. —Esto también es para vos. El envoltorio no podía disimular la forma del cuader- no, pero Elisa preguntó igual. —¿Qué es? 60 E l i s a . La ro s a i n e s p e ra d a | L il i a n a Bo d o c
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