ZL_ElisaLaRosaInesperada
Cuando Beatriz volvió de componer el pleito, fue evi- dente que todo estaba dicho. Elisa Viltes se levantó del banco justo cuando la voluntaria abría los brazos. —Cuidate mucho, y esforzate. Elisa apretó los ojos contra el pecho de Beatriz. Quiso y no pudo evitar el sollozo. —¡Vamos, vamos! —Beatriz frotó con fuerza la espal- da empecinada de la viajera—. Acordate de llamar por teléfono apenas te acomodes —y hasta le besó la cabe- za antes del adiós—. Bon voyage! Elisa salió del Hogar justo cuando los cascarudos empezaban la fiesta. Mientras esperaba el ómnibus, pensó que todavía no había guardado la ropa en la mo- chila: una con la bandera norteamericana que el hijo de la patrona de Rufina ya no usaba y que, en su mo- mento, había costado un platal. Elisa subió al ómnibus. El chofer era uno de los que la conocían de tanto verla subir en la misma esquina y bajar en la villa. —Pasa nomás —le dijo. Porque el trayecto era corto; tan corto que Elisa se sentaba con media cola. Se levantó. ¿Cómo le contaba al chofer, en un segundo y desde el otro extremo del ómnibus, que ya no iba a viajar más? —Gracias —dijo. —Chau. 62 E l i s a . La ro s a i n e s p e ra d a | L il i a n a Bo d o c
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