ZL_ElisaLaRosaInesperada
Apenas cruzó las vías, apareció el barrio. Leandro jugaba a la mareadita con otros pibes. Cuan- do la vio, paró la pelota. Los demás chiflaron, gritaron. —¡Eh, Naranjera! —¡Vení a marear, rubia! Después del río, Elisa había vuelto a ser la rubieci- ta sobradora que todos conocían. Leandro no tardó en buscarse otra piba. Con ella pasó cada atardecer frente al rancho de Rufina y justo ahí se paró a besarla. No supo, sino hasta mucho tiempo después, si Elisa lo veía o la vieja se lo contaba. Pero jamás, con nadie, Leandro volvió a desconsolarse de amor. Y en cambio se desveló muchas veces pensando qué había querido decir Elisa con eso de la rosa inesperada. En el rancho había olor rico. —Estoy haciendo pastelones fritos —dijo Rufina. —¿Me baño antes de comer? —Sí, andá. Todavía me falta freír unos cuantos. Como cada día, Elisa fue a darse un baño, corto y frío, debajo de la manguera que entraba desde el patio. Se marcharía al día siguiente sin saber que, en ese mismo momento, Rufina lloraba abrazada a la mochila gringa. Era un viernes de enero. La voz de los altoparlantes barriales era el fondo obligado para todos los vecinos de la villa, para los que ya empezaban a bailar y para los que agonizaban. Pero Elisa no tuvo más opción 63 Pa r te I | De S a n Fe a S a n ta S a l va d o r
Made with FlippingBook
RkJQdWJsaXNoZXIy MTkzODMz