ZL_ElisaLaRosaInesperada
improvisada; pero ese día fue distinto. Volvió al rancho, dejó las cosas limpias para que se escurrieran y caminó de nuevo hacia la puerta. —¿Te vas? —preguntó Rufina. —Acá nomás —contestó su nieta—. Ya vuelvo. Afuera había una pila de ladrillos que Chejuán nun- ca llegó a usar. Elisa cargó seis hasta la canilla. Debajo había mucho barro blando así que tuvo que buscar pie- dras, pedazos de madera, latas aplastadas; todo lo que pudiera servir para asegurar el lugar donde, a partir del día siguiente, la vieja tendría que lavar sus platos. La luz era escasa, pero Elisa se las arregló para hacer un piso de seis ladrillos, bastante firme. Rufina no se iba a caer. Rufina y Elisa, cada una en su cama. La luna de la villa, mirona y chusma. —Vieja, ¿mañana me vas a acompañar a la estación? Un cachorro de gato gimió antes de morir. —No creo —respondió la mujer. 65 Pa r te I | De S a n Fe a S a n ta S a l va d o r
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