ZL_HistoriasDeLaCuchara
Era tanto el aprecio que les tenían los aztecas a las se- millas de esta planta, que las usaban como monedas. Sor Isabel era una de las encargadas de cuidar el huerto y tratar de adaptar las legumbres europeas a esa tierra extraña de tantos colores, animales y plantas de fertilidad descarada. Apenas tenía dieciséis años y había llegado nueve meses atrás de España. Sin embar- go, aún se sentía en constante estado de alerta y des- protección. Al igual que las otras religiosas españolas, Isabel se asomó a la jarra de xocolatl; sonrió como las demás y compartió sus burlas porque el contenido no le pa- reció más que barro convertido en bebida. La madre superiora, más bromista que interesada, ordenó a Inés, la pequeña, tomar un sorbo. Los labios de la pobrecita quedaron embarrados de aquella baba oscura. Todas rieron y la niña se agachó rápidamente a escupir con asco. Después de las risas, se dio por clausurada la aten- ción a la bebida. Fue sor Clara quien tomó la jarra con cuidado y anunció su proyecto de estudiar las propieda- des medicinales de aquel jarabe. En la noche de esa misma jornada, sor Isabel entró con una lámpara a la cocina a verificar que todo hubie- ra quedado en orden. Los leños estaban bien apagados y las ayudantes indígenas habían colocado las grandes ollas y la vajilla en su lugar. A punto de irse, Isabel vio la jarra del nuevo brebaje en una esquina. Se acordó de 12 H i sto r i a s d e l a c u c h a ra C r ist i n a A p a r i ci o
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