ZL_HistoriasDeLaCuchara
lo sucedido en la tarde y con la pretensión de volver a reír y hacerse una broma a sí misma, introdujo la yema de un índice en el menjurje y lo probó. Efectiva- mente era amargo y, como dijo el soldado, se apropiaba de la lengua, se pegaba en las paredes de la boca e iba resbalándose lentamente. ¿Qué le habían encontrado los indígenas mexicanos a esa cosa, que se la embadur- naban en el rostro, la bebían rindiéndole honores y la hacían parte de sus ritos? ¡Esos pobrecitos seres aleja- dos de la mano de Dios! Pero en ese momento, Quetzalcóatl reptaba por los rincones de la cocina; sus ojos granates brillaban en la noche y no perdían de vista a la muchacha. Y entonces, la boca de Isabel le exigió más y ella, distraída con sus pensamientos, metió otro dedo en la jarra y lo introdu- jo en la boca. La planta mágica se arrastró por su len- gua hasta que logró hipnotizarla. Isabel no fue capaz de resistirse y probó por tercera, quinta, séptima vez. Sonreía divertida debido a las ansias de su cuerpo por el xocolatl, hasta que tomó conciencia de que estaba sola frente a ese brebaje de indígenas impíos y de natu- raleza descarriada. Se persignó, salió de la cocina algo asustada y se obligó a no pensar más en lo ocurrido. Un par de semanas después, se abrió otra vez el portón del convento para el xocolatl. Esta vez trajeron los frutos enteros. Isabel se acercó a escuchar las ex- plicaciones que un indígena daba a sor Clara. Había 13 M é x i co Xo co la t l
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